viernes, 10 de mayo de 2013

Pensé que amaba


Pensé que amaba


Y voló mi imaginación
 y me hizo llegar a pensar,
que el valor en el que viajaba,
era pensar que amaba. Y era cierto.

Era cierto que amaba,
 y en la ilusión de creer,
que podría en ella volar,
fui feliz cuando comprendí,
que ella también volaba. 

Pero era mi imaginación
la que siempre viajaba. 
Que no supe jamás,
si era yo el que amaba,
o ella la que me inspiraba. 

Que no pude por menos,
que esperar en lo alto de la montaña, allí en la rama,
 que ella llegase volando,
hasta el lugar donde me encontraba.

¡Ah, qué mentira más cruel, 
que sabiendo que ella volaba,
y hacia mí se acercaba,
allá en lo alto de la montaña, allí en la rama,
no era por mí por quien viajaba! 
Llegó a la rama, pero no a la que yo me encontraba.

Más soñé con volar a su lado,
por el cielo infinito de amargura.
Soñé ingenuo de mí,
que a mi lado, de mi brazo
ella se deslizaba, con su perenne figura.
Volando. Amando. Caduca.

Horizonte perpetuo sin fin, 
inalcanzable por siempre,
amor que nunca despegó,
del suelo de mi jardín,
adornado de flores, oliendo a eneldo,
sufriendo. Muriendo.

Malo fue conocer,
doloroso saber la verdad,
 que el amor comenzaba en mí,
y dentro de mí se desgastaba.

Y volvió a volar mi imaginación
y me hizo llegar a pensar,
que el valor en el que viajaba,
era pensar que amaba.
Y amaba.





 Texto: Toño Diez. 
 Foto: Iván Arencibia Photography

jueves, 2 de mayo de 2013

A la mujer que me lleva consigo


A la mujer que me lleva consigo


Me pides que te escriba, pero no puedo.
Que mi corazón no tiene dedos que puedan escoger, con la pluma fina del sentimiento, las palabras inexistentes que expliquen, cuanto te quiero.
No basta el mundo, para albergar el tiempo que quiero pasar contigo, ni alma inmortal que disponga del suficiente, como para tantear siquiera, lo que necesito de ti, porque sin ti, nada tengo.
Que no es mi vida la que poseo, sino un suspiro de aliento por tenerte, cuando no te tengo. Que no es todo su espacio, que necesito el de mil como mi pecho, para albergar un segundo, que me dediques de tu propio tiempo.
Mírame, y no esperes palabras, que sólo enrarecen momentos. Bésame en la mejilla, regálame besos, que es con ellos con los que marco mi vida, que es tu tiempo. Tiempo que no pasa, esperando el próximo beso. Espacio que no ocupa, si no lo marcan tus brazos, envolviéndome el cuello.
Cuenta mi piel, paseando tus dedos, erizándome el bello. Dibuja con ellos sonrisas en mi espalda, suspira conmigo, al compás de mi pecho, y regálame al final, tu tiempo, ternura, sonrisa y afecto. Y no busques las letras, que no hay nada nuevo. Son todas tuyas, las que escribí, las que escribo y las que esperan en el tintero ¿Acaso no lees, que lo que tengo dentro es lo que expreso, es lo que eres, es como te siento? ¿Acaso no sientes, que ardo por dentro, que me queman las voces que llevo, intentando salir por mis dedos, sangrar en mis versos, huir de mí, para ser libres... y no les dejo? Porque no soy capaz, no les dejo. Porque un poco te pierdo, si las libero. No me pertenecen, mas las retengo.
Me pides palabras, escritas con mimo, más no puedo decir, ni la mitad de lo que siento. No tengo frases, canciones, poemas o versos, que no sean tuyos, porque todo lo que escriba lo tengo adentro, y todo lo que tengo, lo que soy, todo yo, te pertenezco. Y es que tengo atadas las manos, enredadas en tu pelo, detenidas al fin con la mirada que tienes, clavada en la mía, en mi espacio, en mi cerebro, cosechando eternidad, amor y deseo.
Me pides que exprese, todo lo que siento, y no siento nada, sólo te siento. Y no es poco, es más que un ciento, y mil veces ciento, porque no tengo nada, si no te tengo. No soy nada, si no te siento. Y tenerte conmigo, es todo mi anhelo.
Me pides al fin, que escriba de ti, y te dedico un cuento. Sólo un cuento. El de la Luna que cruzaba el limbo, en busca de un Sol, que escondía su luz, cuando brillaba en el cielo. Cada día amanecía, y al atardecer, marcaba el frio. Y hacían un mundo, los dos, lleno de historias y sentimientos.
No sé si soy Sol o Luna, historia, brillo o cuento, pero de lo que estoy seguro, de lo único que presumo, es que tú, eres mi firmamento.




 Texto&Foto: Toño Diez. 

martes, 30 de abril de 2013

¿Quien da una amistad? (fragmento del libro "Borrador de un libro en blanco)


        
¿Quien da una amistad?  
(fragmento del libro "Borrador de un libro en blanco) 
(...)

¡Hay, mi preciosa niña! —decía María de Orión “La cabaretera del Japón”, mientras me cubría cariñosamente con una ridícula bata de semitransparente seda roja— Todos los hombres son iguales. No te puedes fiar de ninguno ¡De-nin-gu-no!
         Asombraba tanto el gesto del dedo extendido golpeándome la nariz remarcando las sílabas, como la “pluma” de su acento, viniendo de un travestido con liga y bigote.
         La sonrisa no se podía esconder, era necesario sacarla a relucir.
¡Aaahh…! ¡Mirad como se ríe! ¡Mirad! —aplaudía histérica.
¡Deja a la niña, que vas a hacer que se ponga colorada! —le riñó Laura, la mujer con las piernas más largas que he conocido en mi vida. “Abiertas siempre por un módico precio, a quien pueda permitirse, el lujo del verdadero placer”, solía decir ella.
         Literalmente, arrancándome de los brazos de Laura, que antes me había sacado de los de María, Lucía, “la del culo prieto, la mano rápida y el polvo intenso”, me agarró con las manos, la barbilla, para obligarme a mirarla a la cara, un palmo más arriba que la mía y, obligándome a respirar el efluvio a whisky barato de su aliento y a ver su perdida mirada oscilante, me susurró muy cerca de la nariz resbalando ligeramente las palabras:
No les hagas caso, Sonia. Ni al maricón, ni a la puta. Folla todo lo que puedas y pásatelo de coña.
         De nuevo otra mano, tirando de la mía, me liberó de la presión de las de Lucía, nunca antes de recibir mi sobredosis de besos, al igual que de las anteriores.
Pues que empiece conmigo —dijo Marcos con teatralidad, haciéndome dar un giro para cruzarme las manos a la altura del pecho, situándose en mi espalda y besándome suave y morbosamente en la nuca. Hundiendo su nariz fría en el cuello y nuca y haciéndome tiritar con un escalofrío y aspirar fuerte por la boca—, serás bienvenida.
         Marcos no tendría más de veintinueve años. Era “camarero” de un club nocturno, de esos que hacen despedidas de solteros y solteras.
         Guapo, moreno, de pelo corto y unos enormes ojazos casi negros de impresión. Tenía fama de mujeriego, y su aspecto y ademanes, no dejaban lugar a dudas de que era merecida su gloria.
Trae acá esa carnaza, perro —me recuperó de un tirón María de Orión “La Cabaretera del Japón”—, que para darte de comer, ya estoy yo. Esto está fuera de tu alcance —le dijo riendo y rodeándome con sus fuertes y peludos brazos en forma de protección, mientras Marcos reía abiertamente.
A ti te guardo como postre, María. Para comerte despacio. Y saborearte hasta la gracia que tienes ¡Guapa! —contestó Marcos riendo.
(...)





 Texto: Toño Diez. 
 Foto: Iván Arencibia Photography

martes, 23 de abril de 2013

Tiempo


        
Tiempo
         

      
         El tiempo pasa a trompicones.
         Y avanza implacable, pero sangrando hachazos. Hendiendo profundas cicatrices. Más profundas cuanto más resistencia a su paso encuentra, como queriendo dar ejemplo ajeno una y otra vez.
         Se atasca por momentos, ralentizándose hasta la extenuación, sin lógica ni sentido.
         Se estira, se amasa, se rumia... y después, sin avisar, emprende una loca carrera llena de obstáculos que apenas permite salvarlos, saltarlos o esquivarlos.
         Y a cada uno, una nueva cicatriz.
         La mirada se oscurece, el brillo se esconde tras los párpados, mientras los ojos se empequeñecen. Y cuando alguien los mira, encuentra sabiduría, donde sólo existe cansancio.
         Admite rarezas, y permite desaires, desplegando condescendencia altruista, limitando palabras por no cansar y abraza tiernamente por sentir cerca el fin.
         El tiempo aplasta, destroza y aniquila... el tiempo.
         Y mientras, algunos se afanan por recuperar lo perdido irremediablemente para siempre, pues nunca vuelve. Y olvida sentir lo que posee, tocar lo que se escapa, también por no tocarlo.
         Y luego desesperan pretendiendo gritar sin cuerdas vocales suficientes, masticar sin dientes, y templar temblando. Más tarde se vencen, se agostan y se tienden a esperar. Y esperan, esperan, esperan... hasta que pasa el miedo. Hasta que ya no hay preguntas.
         Y después, duermen.
         El tiempo es una espera, viendo pasar el tiempo mientras se espera, que el tiempo pase.





 Texto: Toño Diez. 
 Foto: Nicolás Saracchini.

viernes, 19 de abril de 2013

Educación



        
Educación

        
          Cuando sentía manipular las llaves al otro lado de la puerta accionando la cerradura, sentía un nudo en su pequeño estómago.
         Ardía en deseos de ir corriendo a abrazar a su papá, pero tenía miedo de haber hecho algo que no le gustase.
         Y es que, como su papá decía, era un niño malo y torpe y siempre las “preparaba gordas”. Aunque no se daba cuenta. Pero poco a poco, iba sabiendo lo que hacía mal. Eran muchas cosas.
         Hizo un rápido recorrido con la mirada alrededor para observar algo fuera de su sitio, alguna pared pintada, o alguna hoja de un libro rota.
         No sabía por qué, pero a su papá nunca le gustaban sus dibujos. Quizá por eso nunca le daba folios en los que pintar y le quitaba todas las pinturas que le regalaba en su cumpleaños. Además, siempre se olvidaba de ordenar los juguetes antes de que llegara del trabajo, así que también se los quitaba. Y ya no le regalaba cuentos ni se los contaba por la noche.
         Cuando terminó de revisar desde debajo de la mesa, se decidió a salir a besarle y abrazarle, seguro que esta vez se había portado bien en su ausencia y no le gritaba.
         Pero era ya demasiado tarde. Su papá ya había entrado y estaba sentado en el sofá, viendo el futbol.
         No le gustaba que le molestase cuando veía el fútbol, así que decidió entretenerse con cualquier cosa.
         Seguro que cuando creciese, cuando cumpliese por fin los cinco años, haría las cosas mejor. Su papá le enseñaría… cuando acabase el partido.



 Texto: Toño Diez. 
 Foto: Nicolás Saracchini.