martes, 19 de febrero de 2013

La fe (1 de 3)



La fe (1 de 3)


          Los ecos de sus pasos, resonaban en el templo. La mística del silencio, sólo acompañado  por el más sublime de los tormentos, registraba cada uno de sus sentimientos. Uno a uno. Segundo a segundo. Momento a momento.
          Ante el inmenso y vacío espacio del recinto, otrora  sagrado, respiraba sin esfuerzo la húmeda frescura del amanecer, que se filtraba entre las ruinas de los muros.
          Fantasmagóricas luces fronterizas, rosadas unas, plateadas otras, pero tenues y fugaces todas, dibujaban momentáneos y esbeltos tapices en las desnudas piedras adornadas de fino musgo verde, casi fluorescente, dejando una brillante estela en la bruma que, poco a poco, se iba disipando del interior.
          Se detuvo en el centro del largo pasillo de la nave central. Frente a lo que quedaba de un desvencijado altar. A la derecha, una pila bautismal extrañamente intacta.
          La vista se fijó brevemente en una pareja de negros cuervos que se acicalaban las alas, en la parte superior del magullado presbiterio.
          No tenía ni la más remota idea de qué le había llevado a ese lugar. No recordaba cómo había llegado. A decir verdad, no recordaba ni su nombre. Aunque tampoco le importó. Ya habría tiempo de pensar. O quizá no.
 

          Toño Diez.

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domingo, 17 de febrero de 2013

Deseo y envidia, amor




Deseo y envidia, amor

         —¿Y qué harás cuando me levante? —preguntó ella.
         —Te miraré desde mi lado de la cama —contestó él.
         —¿Y si no te gusto?
         —Me levantare a cepillarte el pelo. Te lavaré la cara, te frotaré la espalda en la ducha, te untaré la piel con aceite…
         —¿Y si aun así no te gusto?
         —Me sacaré los ojos y te oleré.
         — ¿Todos los días?
         —Cada segundo.
         —¿Y si te gusto?
         —Te comeré, te chuparé, te tocaré. Si no hablas, te escucharé, si lo haces, te entenderé, aprenderé. Si sonríes, seré feliz, si lloras, recogeré tus lágrimas. Si estás enferma, me tumbaré a tu lado, cuando estés sana, disfrutare tu sombra. Si te caes, estaré en el suelo y, cuando levantes, seré muleta.
         —¿Y si te piso?
         —Limpiaré tu suela.
         —¿Y si gusto a otro?
         —Me sentiré dichoso.
         —¿Y si me gusta otro?
         —Me retiraré en silencio, y moriré de amor sin molestar.
         —¿No eres celoso?
         —Completamente.
         —¿Y por qué te irías?
         —Porque soy cobarde.
         —¿Y qué harás por la noche?
         —Llorar
         —¿Por qué?
         —Por no ser tú.
 

          Toño Diez.



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viernes, 15 de febrero de 2013

Viejo (4 de 4)




Viejo (4 de 4)


       

         Cuando por  fin decidieron enfocar, la vio. Allí estaba ella, como siempre, junto a la puerta, mirándole con triste ternura. No podía ser de otra forma.
         —Hola cariño —dijo ella.
         —Hola amor —contestó él— ¿Otra vez he estado ausente?
         —Sí, otra vez. Llevo veinte minutos aquí. Pero estaba segura de que volverías.
         —Es cada vez más a menudo ¿verdad?
         Él sonrió débilmente. La miró. Aunque ya eran muchos años, le pareció preciosa.
         —Volveré siempre que pueda. Eres preciosa, no tengo más remedio.
         —Lo sé. Te quiero —contestó acariciándole la mejilla—. Lo sé.
         —Yo también te quiero.
         Al decir esto, sonrió de nuevo. Sintió que había ganado un poco de tiempo al decirlo. Quiso  un poco más.
         —Te quiero —repitió— te quiero.
         Y con la misma sonrisa, su vista volvió a nublarse y comenzó de nuevo a soñar.
 

          Toño Diez.



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jueves, 14 de febrero de 2013

Viejo (3 de 4)





Viejo (3 de 4)




         Y había más cosas como haber observado más veces el atardecer; haber madrugado muchos más días para respirar el frescor, pasear por las húmedas calles, o por los parques llenos de rocío; haber dormido más veces bajo las estrellas; haber chapoteado en los charcos; haber gritado en los acantilados; haberse manchado de barro, pintura…; haberse calado hasta los huesos bajo la lluvia, haber dibujado en su cuerpo con lápices de colores… Haber reído más. Haber reído mucho más. Mucho más con ella. Y mucho más de sí mismo.
         Y tenía que haberla mirado mucho más.
         Ahora, con sus huesos doloridos, sus ojos desgastados, su voz temblorosa y sus músculos entumecidos, a lo único que podía aspirar era a reconocer a su compañera de vida y recibir sus abrazos y cariño. Y no era poco eso, pero quedaba corto, muy corto, porque la factura era dura y muy pesada.
         Sentía que ya estaba todo finalizando. Él estaba acabando.
         Y no le daba miedo terminar, sino hacerlo sin dejar su propio “punto y final”. Por lo menos en las cuestiones verdaderamente importantes de su vida. No quería dejar cabos sueltos. Por eso estaba decidido a escribir sus volátiles recuerdos. Era una forma de revelarse contra su propio e inevitable destino. La única cura que podía resistirse al olvido. Lo escrito, ya no se olvida, aunque no se recuerde.

Pero cada vez lo veía más complicado. Cada vez se le hacía más cuesta arriba. Recordar, a veces era tan duro como difícil. Llegaba incluso a confundir los recuerdos reales con los creados por su propia imaginación. Y había tanto que contar…
         La ventaja era que, entre realidades no dolía nada, no sufría, no recordaba. Lo doloroso se encontraba fuera. Era notar cómo se marchaba poco a poco.
         Se le antojaba ser un avión en la pista de despegue, preparado para elevarse, cogiendo cada vez más velocidad y al fin, elevarse a los cielos en una inclinación imposible. Para nunca volver a aterrizar.
         Abrió los ojos ¿o quizá ya los tenía abiertos? Sí, estaban abiertos. Le escocían por lo secos, aunque no dejaban de lagrimear.
 

          Toño Diez.



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