El amigo Goa, nos comparte un poema veloz.
miércoles, 27 de febrero de 2013
martes, 26 de febrero de 2013
La Cordura (2 de 2)
Desde dentro,
como un estallido nuclear en el fondo del mar, una enorme burbuja de energía se
prepara para destruir, primero replegándose como para coger impulso, y después,
reventando en miles de millones de puntos de infausta y ridícula ingenuidad de
lo ficticio. De lo absurdo. De lo patético.
Y cada zancada que pego, me acerca más
y más a ningún sitio en el que ya no esté. Cada una de ellas reclama su parte
de desquiciada histeria. Histeria terrorífica.
El miedo me invade. Sigue haciéndolo
porque el infierno no para. Sigue tras de mí, empujándome incesantemente al
abismo de la mente.
Y las voces que aturden mis oídos, los
gritos y ruidos que no me dejan pensar, los miedos terribles que no me dejan
sentir… ¡Quiero morir!
Las paredes se estrechan y me golpean.
Ahora se ensanchan, pero soy yo quien corre hacia ellas, chocando con
estruendoso sonido. Paro. Caigo en la
cuenta. Los truenos que escucho son cada uno de los golpes que mi cuerpo
generan contra las paredes.
Y tapándome los oídos, caigo sin
fuerza, chillando y suplicando perdón. Porque el infierno sigue acercándose. Me
duele la cabeza, me arde el cuerpo.
¡Y grito, grito, grito...! Mientras me
retuerzo, grito. Mientras ellos gritan más fuerte que yo.
—Ya pasó, ya pasó.
Consigo distinguir palabras de entre las
absurdas mordeduras sonoras de mi cabeza.
—Tranquilo, ya pasó. Ya está.
Sí, son palabras. Y caricias. Y brazos.
—Parece que ya se tranquiliza —oigo
decir, mientras las voces se acallan poco a poco.
—Sí, este tranquilizante es fuerte.
Sujétalo un poco mientras le limpio el sudor y la sangre —dice otro.
Ahora sólo veo oscuridad. Bendita
oscuridad. Mi cuerpo exhausto, se relaja. Mi respiración se acompasa. Ya ha
pasado.
Ya ha pasado… Ya ha terminado.
Toño Diez.
lunes, 25 de febrero de 2013
La Cordura (1 de 2)
Y el infierno
cada vez está más cerca.
Tras la equidistancia de lo superfluo y
lo profundo, tras la bastedad del tiempo y tras la negrura de lo desconocido… el
infierno aguarda.
Las enormes paredes blancas, de esta
enorme habitación de dos por dos, no hacen sino reflejar todas las esperanzas
que intento emitir al exterior. Y ya no tengo fuerzas para seguir ahuyentando a
los malos pensamientos y a las peores vibraciones.
Si no fuera por la intención verdadera
de ser lo que no soy, de estar donde no puedo, o de fundirme en el espacio como
una autentica energía cósmica, no estaría aquí.
Pero no tengo la más mínima intención
de esconderme. Ni de esconder lo que otros esconderían por miedo. No quiero más
por menos, ni alto por ancho, sólo quiero lo mío. Sólo reclamo el derecho a ser
yo, o tú, o él. Y dejar de serlo cuando me plazca o cuando tenga necesidad de
hacerlo.
Y el infierno sigue acercándose, lento
pero inexorablemente. Sus fauces, puedo verlas ahora que han apagado las luces.
Puedo sentirlas ahora que han cerrado las puertas. Su aliento babea saliva en
mi nuca, sangre de ansioso deseo carnal… y grita.
Grita obscenos insultos en mis oídos, y
amenazas terribles. Todo a un volumen tal que mientras grito intentando
sobreponerme a él, nadie puede llegar a escucharlo. Ellos sólo me escuchan a
mí.
Y no está sólo. Miles de bastardos
demonios encarnados añaden sus voces al estruendo.
“¡Ya no puedo más, ya no puedo más!” murmuro
en un estallido de desesperación que clama la necesidad de autodestrucción.
Autodestrucción negada sistemáticamente
por quien decide de forma unilateral, aclamarse como guardián de mi cordura,
sin saber que es esta la que me da las razones necesarias para mantenerme…
loco.
Quiero y no puedo. Hablo, grito,
susurro, espero, muero y despierto. Y mientras hago esto, nunca, nunca dejan de
gritar.
Dos por dos, dos por dos, dos por dos… con
frenéticos pasos cuento las esquinas del enorme local, mientras espero. Los
brazos chocan con las blandas paredes de forma incoherente, mientras la forma
hipnótica del suelo, del techo… hipnóticas, hipnóticas, hipnót…
Sentado siento. De pies lamento.
Tumbado tiemblo…
Vuelo. Ahora vuelo. Pero no escapo. No
despego.
¡Dios! ¡Si me dejasen en paz! ¡No
quiero más escuchar! Ruidos y lamentos, retumbar de truenos inconexos, voces,
voces y más voces. No quiero escuchar más.
Nadie lo entiende. Pero el fin se
acerca. Me lo han dicho ellas, las voces. Y siguen gritándomelo una y otra vez.
Ahora no, ahora no las tengo, las tengo,
se fueron, están aquí, gritan, y oigo sollozos ¿Son míos? No hay nadie ¡No hay
nadie!
Grito. Y lo hago con toda las
fuerzas que añaden a mi voluntad, las de la razón. Toño Diez.
viernes, 22 de febrero de 2013
La vida
Mientras la
oscuridad continúa, espero. Me pregunto, cuanto veneno sería capaz de soportar
mi cuerpo. Si el tóxico es leve ¿sería posible disfrutar?
“En el momento de nacer, comencé a
morir”. Es un tópico típico de los momentos pseudofilosóficos de tres o cuatro
de la madrugada, con un rulante cigarro liado de mezcla levemente tóxica en una
mano, un litro de cerveza espumosa en la otra, las posaderas en una sucia acera,
y los oídos en una vieja música de los años 70.
“En el momento de nacer, comencé a
morir”.
Después la mirada baja al suelo, los
brazos quedan colgando de las rodillas pero sin soltar ninguno de los dos
objetos que han ayudado a pronunciar la profunda y liviana frasecita de marras.
Los ojos se cierran unos segundos y la
música se funde en el cerebro, que lejos de detenerse, funciona a cien por
hora. La realidad se torna leve, superflua, estándar, poco interesante.
El olor del perfume de la chica con la
que he comenzado la noche, penetra mi nariz enamorándome por quinta vez en la
misma noche.
—Que rule, tío… —comenta la chica
arrastrando las palabras.
Yo le acerco lentamente el arrugado
papel relleno de risa tonta, después de dedicarle una profunda aspiración a su
parte trasera. Ella lo coge, repite mi gesto y, rodeándome con un brazo los
hombros, me susurra profundamente al oído:
—Si
en el momento de nacer, comenzaste a morir, eso quiere decir que la vida
es un autentico veneno, que te mata poco a poco, te arrastra de dolor en dolor,
te sangra y araña tus entrañas.
—¡No jodas!
—Sí tío sí. Pero ¿sabes lo peor de
todo?
—No, pero creo que me lo vas a decir
—Sí. Lo peor de todo es que engancha.
Es la droga más dura.
—¡Uf…! —es lo único que acierto a
decir– Qué jodienda…
—Toma, fuma —me invita. Le hago caso.
Fumo, bebo y vuelvo a fumar. Siento que
todo funciona, mientras no ande nada. Siento que cuanto más me acerco a esa
chica, más me alejo de mí. Y eso me gusta. Y siento que ella siente… lo mismo.
—¿Tus amigos? —pregunta.
Levanto la cabeza, miro alrededor. Nadie.
Sonrío, bebo un trago. La miro. Es preciosa. La beso, me besa.
—¿Follamos?
—Claro.
Toño Diez.
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