jueves, 7 de marzo de 2013

Cuento de una navidad de abril (fragmento)






Cuento de una navidad de abril (fragmento)

Al ritmo de una samba francesa, se fueron paseando por entre las imágenes reales del circular mundo inmediato y sus ojos, sensaciones y espacios futuros.
Mientras todo giraba alrededor de él, su sueño se trasladaba desde el pasado, hasta la adivinanza del porvenir. Desde el deseo de lo que nunca ansió, hasta el repudio por lo que ya, de repente, no tenía valor. Lo que nunca lo tuvo.
Desaparecieron los malos ratos por no tener tiempo para sacar más, a lo menos. El sentido dejó de ser, cuando la razón simple de existir, se abrió paso por entre las brumas más oscuras de lo codiciado. De lo cotidiano.
Querido, verdaderamente querido. Así quería estar en esos últimos minutos. Rodeado por sensiblerías pasajeras, por besos tiernos entre babosas palabras de sonido cristalino y meloso. Envuelto entre nubes rosas, azules, o verdes, daba igual, siempre que fuesen sus nubes.
Quería, en definitiva necesitaba, que lo verdaderamente importante, existiese por el suficiente tiempo, como para poder, esta vez y para siempre, tocarlo, tenerlo, agarrarlo.
Y en realidad, lo agarraría. Y lo haría con esos dedos largos y pegajosos del ansia que estaba desarrollando, en esos pocos segundos finales. Y jamás lo soltaría, si para bien pasaba todo.
Mientras esas imágenes del exterior, seguían girando vertiginosamente, su avidez por lo necesario, se dejaba resbalar multiplicándose por cuatrocientos treinta y dos, alimentándose por la necesidad de volver a reescribir su pasado.
Empujado a cada atronador sonido de golpes, una perceptible sonrisa se fue dibujando en sus labios, a medida que sus parpados se iban cerrando, para dar lugar a las imágenes más exclusivas, más escondidas, más especiales de su vida.
—¿Tanto ha pasado, en tan poco tiempo? —Se preguntó asombrado por la cantidad de cosas que cabían en media vida— ¿Y tanto había olvidado?
Se percató de que, además de lo que estaba viendo, quedaba toda una eternidad de recuerdos que seguir explorando. Y lo hizo.
 Desplegó, cuando no encontró lo buscado, el transparente mapa de su mente, escudriñando lo invisible, hasta encontrar la equis que marcaba el lugar exacto, donde el mayor de los tesoros se encontraba.
Con un sensual y delicado dedo imaginario, escarbó suavemente ahí dentro, en el encéfalo, en el baúl escondido de su mente. Donde se almacena el verdadero tesoro de lo vivido, de lo sentido y de lo perdido, esperando ser encontrado, donde al final, cuando ya nada de lo que hagas sirve para remediar lo errado, arreglar lo estropeado, colorear lo desteñido o rescatar lo naufragado. (...)
 

 Texto: Toño Diez. 
 Foto: Jose Bueis Aguado.

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martes, 5 de marzo de 2013

Castellano



         Homenaje merecido, a las gentes de Castilla, en especial a mis hospitalarios amigos/as, capaces de ceder su hogar, por mi simple comodidad.


         Castellano. Insolvente en sentimientos.
         Que ignoras lo viejo e imploras lo nuevo y, olvidando el pasado, presumes de ello.
         Presumes de antiguo, te avergüenza el presente, y miente tu estado. Rechazando lo extraño.
         Castellano.
         Que observas de frente, murmurando palabras con ojos en soslayo.
         Silencio en tu boca, prefieres callar a mentir al extraño, relajar los sonidos al nivel de tus gestos, retrasar los sabores por tener más y más tiempo.
         Castellano.
         Verbo seco, adusto al forastero.
         Imposible ver tu tierra, sin colocar las pupilas en lo alto del rostro y, buscando horizonte, levantar la barbilla, entornar la mirada, tensar el momento, apretando los dientes, cerrando los puños y acabar tiritando.
         De tanto amar tu dura, fría, rancia tierra, el gesto austero, cristalino de frio, escaso en sonrisa y generoso en arrugas, en tu cara se queda, como marcando un negocio. Negociando el pasado.
         De  tanto odiarla, escupir y maldecirla en silencio, su implacable indolencia, hace del corazón, piedra.
         Como tu tierra.
         Piedra de caja y arena en las venas. Polvo seco, trigales, castillos y campos.
         Sin árbol, campo. Sin agua, hierba.
         A nadie engañas, nadie te engaña, vives engañado.
         Esperando que venga, buen tiempo y sosiego. Sudor, silencio y brumas, entregas a cambio.
         Adusto esqueleto de parca sonrisa, dura mirada, áspera piel que recubre tu cuerpo, chaparro, fuerte y oscuro. Altivo, libre y atado. Tedioso, tranquilo y rocoso. Completo en carencias, repleto en amargos.
         Castellano.
         Altivo gesto cenicero, completa la figura del indolente amo, de siglos de espadas, azadas, yugos, sandalias y barro.
         Respiras historia, escupes fango. Resultas al tiempo, amargo, espeso, frio, austero, rancio. Altivo, sincero, distante, solitario y extraño. Y sin embargo, grande.
         Siempre grande. Sufrido y grande. Claro y grande. Extinto y grande. Siempre grande.
         Castellano.
         Tan lejos te encuentras de abrazos, y tan cerca para abrazarme. Tan apegado a tu tierra, y en cambio, tan errante.
         Desconocida tu raza, por miedo, pereza y envidia. Abandonada tu hacienda, por no quedarse.
         Gracias, castellano. Que el tiempo acompañe, tu paso del tiempo. Que el día ilumine, tus extensos campos, que la lluvia limpie, tu cementa mirada.
         Castellano, gracias, castellano.
 

          Texto: Toño Diez.
          Foto: Jose Bueis Aguado.

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domingo, 3 de marzo de 2013

Oda al poema anónimo



         Leyendo una belleza, se terminó con un triste nombre: Anónimo. Por lo que no tuve por menos, que experimentar con una "mini-oda", para homenajear el poema.
         Ahí queda:



Oda al poema anónimo



Qué lástima, cuando se llama Anónimo,
mientras su creación, es Bella.
Quizá Desconocido/a, sea más propicio,
dejando la puerta abierta a Usurpado,
pareja en nombre a Pena.

De cualquier forma, la obra permanece,
sea o no de Nadie, Bella.
Permanece, aunque Nadie, sea Perenne.
Aunque Alguien, sea Olvidado.
Permanece, simplemente, porque es ella. Bella.

Sin embargo, no puedo evitar,
que el subnombre, que en mi mente queda,
sea el de Nadie. Y me da pena.
Casi tanta, que a olvidarme me lleva,
del poema.

         Saludos y preciosas letras.
 

          Toño Diez.

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