miércoles, 26 de febrero de 2014

La soledad atractiva del silencio




La soledad atractiva del silencio



          La soledad atractiva del silencio. Que insulta hasta la profunda alma del viento, que invierte el tiempo en espacio abierto, la tenue brisa de la esperanza, en el fulgor del fuego de un perdido anhelo.
          El retiro incierto del camino yermo, que un día todo el mundo pisa, y nadie repara en su atractivo y estéril desierto del tiempo.
          ¡Espera, que enseguida llego! Y espero, aunque  nunca rebaso el cuenco de mi estrecho gozo. De mi escaso duelo.
          Clausura falsa en la que me encuentro, rodeado de callada afonía, empapado de ocioso talento ¡Qué indolente es su paso, por el camino que marcho haciéndolo! como quien tropieza en el mismo cerco, en la misma valla, atrapado en el mismo aliento.
          A veces con odio marco entero el cielo, después lo borro… y espero. A veces me asfixia, a veces me muero, las más entristezco, y sueño despierto.
          Soledad maldita que cubre el otoño que pasa mi cuerpo. Soledad vendita que me acompaña, por mi vereda en silencio. Ocaso, revuelto.




 Texto: Toño Diez. 
 Foto: Judy Dater

sábado, 28 de diciembre de 2013

Borrador de un libro en blanco (Fragmento del libro)





Borrador de un libro en blanco (Fragmento del libro)


          "Su putrefacto aliento resoplando indecentes frases en mis oídos. Haciendo trizas mi voluntad, para convertir mi rabia en servil, mi protesta en indigna, mi cólera en vergüenza y mi vida en cobardía. Aliento que escavando en mi acelerado corazón demasiado joven aún como para sostener la edificación de insano vicio, escupiéndome en cada sílaba pronunciada, decenas de gotas de insulto, de veneno ácido que se filtraba por mis oídos, para destruir por dentro mi cerebro. Gotas de saliva que saboreaba cuando se colaban por mi abierta boca cada vez que era destapada buscando desesperadamente aire, por mi nariz toda vez que conseguía aspirar un centímetro cúbico del preciado oxigeno que se me negaba."

"Borrador de un libro en blanco"





 Texto: Toño Diez. 
 Ilustración:  Cristina Caviedes Esteban.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Vivirás para siempre



Vivirás para siempre



Tan alto salté, que tuve miedo. Tan rápido corrí, que fue el vértigo, quien me acunó entre mis sueños. Fue tan grave mi error, que  la pesadilla del recuerdo, sirvió como justo castigo, como eterno pozo regresivo. Negro.
“Vivirás para siempre”, me dijo quien habló. Más jamás pude saber quién fue. Puede que fuese yo, o incluso mi propia voz con rostro extraño, surgida de insólita boca. Quizá nadie fue quien me sentenció. Pero lo cierto es que fue, y fue justo. Y temerario.
Y así, fue que desde entonces, vivo. Y así es como, poco a poco, me consumo, me asfixio, me gasto. Pero no muero.
Y así es que me ahogo entre los recuerdos, de un sólo y perdido segundo, que se hace eterno y espléndidamente raro y… ¡tan extraño!
Condenado. Condenado y atado entre mis dedos me hallo, tropezando con mis nudillos, desnudo de abrazos, esculpido en mármol, llorando. Riendo y llorando.
“Vivirás para siempre”.
Don y maldición, primero por no morir, segundo porque no vivo. Que es verdad que nunca estuve del todo cuerdo, pero jamás quise tener locura por encargo, que no tiene mi cerebro precio justo, si se paga por él algo.
Sea como sea, estoy de saldo, y sin embargo… estoy atado.
Maldigo mil veces aquellas palabras, que la eternidad se ha encargado de justificar, como si fuese lo más adecuado, dejar a una persona vivir, pudiendo acabar de inmediato. Dejar recordar el suplicio, que llevó al reo a ese estado. Para siempre. 
Vivir para siempre ¿Quién quiere vivir para siempre?





 Texto: Toño Diez. 
 Foto: Nicolás Saracchini Fotografias

lunes, 11 de noviembre de 2013

Utopoética de una guerra 5


Utopoética de una guerra 5
(Fragmento del último capítulo del libro "Relatos, sentidos y utopoesías")



Bajó la cabeza la madre,
para que se pudiese ayudar,
del gesto reflexionando,
y se puso a pensar.

—Puede que tu talento,
lograse hacer funcionar,
lo que mi vieja mente cansada,
intenta idear.

—Habla madre, te suplico —
rogó el muchacho.

—Me da miedo sin embargo —continuó—
quedarme sola por mandar,
que hagas algo que es improbable,
que pueda funcionar.

—Señora haremos lo imposible,
para que todo esto acabe,
que sin duda ocurrirá que sea,
para bien o para mal —
bramó el coronel, acercándose a escuchar.

—Bien —aceptó la madre— se intentará.

Todo el mundo se acercó,
rodeando en grupo esperando,
escuchar a la madre,
lo que tenía que hablar.
Silenciosa tanta gente, casi espectral,
aguardaba que comenzase,
y ella comenzó a relatar.

—Necesito soldado poeta,
que lleves masa madre al ejercito,
para el pan.
Que se encuentra al otro lado del puente,
esperando para atacar.
Diciendo que es para los hijos,
que esperan allá,
que se les ha terminado y no tienen
qué comer si no se la das.

—Señora es un suicidio,
para quien pretenda atravesar,
el puente sobre el río.
Morirá antes de pasar.
Morirá sin duda atravesado,
por una mala bala que disparará,
algún desgraciado soldado,
antes de dejarle pasar.

—No si antes intentamos,
algún producto intercambiar —
propuso el soldado llorón, esperando acertar —
nosotros tenemos tabaco picado,
ellos papeles para liar.
A nosotros nos falta eso,
a ellos lo de rellenar.
Podemos proponer este intercambio,
para comenzar a hablar,
y seguir esperando de ellos,
buena voluntad.

—¿Del enemigo buena voluntad? —objetó el comandante—
eso parece soñar.

—Disculpe que le contradiga, mi comandante,
pero el enemigo no lo es tal,
que son muchachos como nosotros,
que les raptaron para luchar,
por algún señorío cobarde,
que no se expone a matar,
y por miedo a ser matado,
manda a otros a luchar.

—Sea como sea, fue como fue.
Y armados hasta los dientes,
están dispuestos a disparar.
Y en cuanto aparezca tu testa,
te la volarán. —insistió.

—No pretendo arriesgarme,
a dejar este mundo sin más,
pero si soy cobarde por no matar,
soy valiente para morir.
Que lo temeroso es intentar vivir,
sin molestar siquiera,
sin alzar la voz por donde sea,
sin intentar creer en uno mismo,
ni defender razón por miedo a que alguien,
se pueda incomodar.
Que el miedo aterrador de morir de miedo,
no es mayor que hacerlo sin más, por evitarlo.
Y para mí, mi comandante,
eso es verdaderamente luchar,
que disparar es apretar un gatillo,
pero combatir es mucho más.
Dispuesto estoy a que me maten,
si con ello puedo evitar,
la misma suerte a alguien.
Y aunque no lo pudiese evitar,
la mera acción vale la pena,
que da sentido a la vida,
y no intentarlo lo quita,
y aumenta una pena,
a la suma de la muerte
que me pueda causar.

—Sea —aceptó el comandante—
Sea y que jamás pueda decir alguien,
que un poeta es un cobarde,
ni que no sabe luchar.


 Texto: Toño Diez. 
 Foto: Nicolás Saracchini Fotografias