Hola a todas y a todos.
Tras varios meses de trabajo, colaboraciones, correcciones, etc. Ya es
hora de anunciaros mi firma con una gran editorial bilbaína, conducida
por maravillosas gentes llenitas de valores humanos, que es lo que más
me ilusiona.
«Ediciones Agalir» ha decidido confiar en mi persona y mi intención es no defraudarles.
Para empezar y celebrarlo, ya tenemos calentito y sacado del horno mi
nueva novela «La Alegría del Puente», que será presentada en sociedad el
día veintitrés de febrero en el Café Iruña, de Bilbao, a las 19:00h.
Ahí estaré, para lo que preciséis quienes tengáis a bien pasaros,
comentándoos los entresijos de dicha novela, firmando ejemplares, y
sonriendo con enorme placer cualquiera de vuestras opiniones,
comentarios, preguntas…
¡Os espero y espero no defraudaros!
viernes, 17 de febrero de 2017
domingo, 27 de noviembre de 2016
Satisfaceme
Tan pequeño y tan
liviano. Tan ínfimo y sin embargo, tan pesado.
A saltitos, de
puntillas, cantando, y por dentro, llorando.
Con la luz en las
mejillas, como si fuera coloreando el campo,
para que todos le
vean feliz, que nadie le encuentre sentado,
con la cara entre las
manos, los ojos sin mirar. Soñando.
Escondido entre
lápidas de mármol blanco, quien un día soñó ser luchador,
reposa todavía
esperando.
Un día una diosa
cosió pedazos de su piel, sus huesos y sus manos.
Construyó con ellos
un mundo. Con ellos y un cálido abrazo.
¡Protégeme! oh hada de
los demonios que me habitan ¡Aléjalos de aquí...!
Sostén tu mano en mí
y dame tiempo para esperar… más.
¡Que venga quien
nunca se quedará, porque mi lado ocupado está!
Y ella, contando
flores y llorando, clavaba en el mar puñales. Estacas en mil flores de
azahares.
En idioma lisonjero,
cantaba versos de miel de romero, y miraba… directa a los ojos.
Piel de cristal,
párpados de invisible terciopelo. Y esos besos… sus besos…
Construyó un mundo
entero para mí, donde sólo estaba yo. Lo hizo y se marchó.
Él se quedó en ese
mundo, que era el suyo, sólo suyo. Suyo y sólo.
Risitas roncas que se
escapan, tras dejar de llorar… por no llorar, mientras en mi escondrijo dejo un
tiempo e intento olvidar,
y olvidando por
olvidar jamás pude ya recordar,
que lo que ya no
recordaba, no lo podía olvidar.
Espejo o careta;
disfraz o ingenua desnudez. ¡Anímate, puedo sonreír!
No pasa nada, todo
está bien.
En el pozo sólo quepo
yo, y en este tiempo cuento estrellas para que me veas soñar.
Mientras espero a que
la niebla venga. Es mi niebla, sólo la veo yo.
En su mundo quedó
para siempre, hasta que el hada vuelva.
Sólo ella entiende
qué ocurre en su mundo. Ella solo lo ve. Y su niebla.
Satisfáceme sólo un
segundo, un segundo más.
Sólo ella entiende.
Solo. Satisfáceme solo.
Toño Diez
lunes, 21 de noviembre de 2016
Estatua de marmol.
Extendía los
dedos al término de un brazo en alto, y alzando la mano en vano, buscaba un
rostro como palpando un alma templada, dentro de una estatua de mármol.
Miraba perdida
con ojos opacos, ahogando en deseos llorosos y sueños nostálgicos, esperanzas tiernas
que buscando derrotas construyen falsos relatos; codiciando disfrazar de
verbos, antiguos pasados.
Se estiraba
por fuera llorando, por dentro aspirando: ¿qué traen los viejos demonios? ¿qué,
si no son infiernos, retratos? ¿qué tacto en los
dedos se convierten en la piel, llantos? Si cuando tocan ya nada sienten, nada
tienen, nada queda sino espera de un tiempo pasado.
Extendía la mano y no llegaba. Jamás llegaba a una cara
que esperaba erizando la piel, su tacto.
Toño Diez
Imagen: Georgia O’Keefe por Alfred Stieglitz
Imagen: Georgia O’Keefe por Alfred Stieglitz
sábado, 11 de junio de 2016
Una maestra en Katmandú
FOTO © Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS
Qué poco me ha gustado siempre analizar
trabajos de los demás, pues me ha dado la sensación de desnudar de alguna
forma, un cuerpo íntimo y personal. Constantemente he evitado opinar a fondo sobre un
libro o película de cualquier compañero o compañera, aunque me hubiera parecido excelente, ya fuera por
miedo a equivocarme… o a errar, pero sobre todo por no saber hacer una crítica
que aporte algo más allá que mi mera experiencia temporal (ni tener categoría
ni formación suficiente).
Tampoco
lo he hecho con gente a la que no conozco, por el mismo motivo, ni he querido
jamás introducirme en el mundo de la crítica artística, donde tantas veces se
cae en las bajezas egocéntricas, o en la adulación fácil y estéril. No, ni
pretendo jamás «comer la oreja» a nadie, ni atacar o humillar sin sentido.
Por esto no entiendo muy bien por
qué me he propuesto realizar este escrito de opinión. Quizá sea que lo que me
ha impulsado a hacerlo no sea la obra en sí, sino la humanidad que posee, el
ejemplo, la dedicación y, sobre todo, su enseñanza.
En fin,
sea como fuere, el caso es que me he «lanzado al abismo» (en palabras de su
propia autora), y ahí voy. Después ya pensaré su posible publicación.
¿Quién
no se ha sentido alguna vez, sobre todo en la juventud, una persona rebelde,
inconformista, antisistema… diferente a los y las demás? ¿Quién no ha sufrido
mil veces por alguna injusticia que ha visto o leído en las noticias? ¿Quién no
ha pensado en largarse y viajar, ver mundo, encontrarse a sí
mismo, hacer algo por los demás, tener una causa por la que morir y otra por la
que vivir…? ¿Quién no ha sentido, al final, que nada de lo que ha hecho, ha
servido realmente para llenar su mundo o para completar alguno? Y al final
¿Cuántos, ante la sensación de frustración
por ver pasar los años, al final ha claudicado a las «evidencias» y ha
dejado que sigan pasando? Bien, pues existen personas afortunadas que no son
como nosotros, y que son capaces de amarrarse a su propia vida, dejando que el
destino decida, pero guiándolo ellas mismas.
Afortunadamente
hay más personas de las que pensamos como Vicky, la joven protagonista que, a
sus catorce años, tuvo la oportunidad de «viajar» de manos de la literatura, y
que a partir de entonces y hasta que lo hizo de forma física, no dejó de
alimentar su impetuosa forma de ver la vida. Su mayor deseo: conocer el Tíbet.
Por
diversas circunstancias acaba en un Nepal deprimido y salvaje, lleno de
podredumbre, pobreza y miseria, pero adornado con una fantasía y unas
maravillosas personas que la atrapan, forjando en ella nuevas metas. Su destino
estaba marcado, y ella decide capitanearlo.
El sistema de castas sociales; la
medieval forma de comportarse de ese pueblo, pero sobre todo, la suciedad y
miseria de los niños y niñas del país, victimas reales de todas las injusticias
y blanco de todos los abusos, hace que marque su objetivo en ellos.
Dándose cuenta de que en realidad
no existe el glamur ni el exotismo que uno se forja en la mente viendo
documentales y fotos de agencias de viajes, se pone manos a la obra, situándose
en lo más bajo de la escalera social, para colocar su persona y su vida al
servicio de estos niños y niñas. Las peripecias y logros, los fracasos y
peligros, lejos de amedrentarla, la arrojan de abismo en abismo, superando paso
a paso, todas las dificultades hasta conseguir introducir en el país (y alguno
de alrededor) un sistema educativo digno de las personas, por encima de los
roles y castas, y pensado en sus destinatarios: los niños y las niñas.
La historia autobiográfica de una embriagadora
realidad personal, sirve para saltar excusas y reflejar de una forma llana,
cercana, una realidad injusta con una mirada inconformista.
Si bien no recurre ni pretende
explayarse en una escritura atractiva ni mínimamente rebuscada, sí que (quizá
por este motivo) atrae con la fuerza de quien únicamente pretende contar una
historia. Expande una enorme humanidad fruto de su experiencia personal,
profesional por sus actos, no por sus títulos, y con la frescura de quien no se
siente escritora sino transmisora; de quien siente la necesidad de contar por
su inquietud de enseñar lo que tiene… por si a alguien le sirve; sin
dramatismos gratuitos, sin grandilocuencias, sin adoctrinamientos, en
definitiva, haciendo honor a la frase «la diferencia entre lo que dices y lo
que eres, es lo que haces».
Por tanto, personalmente no he
encontrado una escritura mimada, sino un ejemplo personal regalado; no he
encontrado unas frases eternas, sino sempiternos paradigmas; nada de literatura
virtuosa, ni interés en destacar en ello, sino una excelente historia de quien
sabe que está de paso, y que la huella que deje, marcará el camino a otros
caminantes que quizá se sientan con fuerzas gracias a quien hizo camino al andar, de
continuar marchando hasta una meta imaginada por Vicky en sus «estelas de la mar»
Me ha aportado muchas cosas:
Envidia sana, por su valentía; admiración, de su fuerza; sensibilidad, por sus
situaciones tiernas y peligrosas, sentimentales y humanas; asombro, por sus
logros con tan poco. Con nada.
Puede dar la impresión de que es de
la autora de la que hablo, y es cierto… en un amplio porcentaje. No en vano ha
sido capad de transmitirme con su historia, unas emociones olvidadas desde hace
tanto tiempo que se habían acomodado en el rincón de los sueños; ha sido capaz
de devolverme unos sentimientos que una vez fueron míos, imposibles,
anacrónicos y alocados, y que con sus letras resurgen como suspiros, presentándome
quien fui, quien quise ser y consintiéndome en lo que me he convertido.
Claro que hablo de ella. De su
personaje, de su vida. Pero lo cierto es que si eso lo ha conseguido, ha sido a
través de unas letras llenas de sensibilidad real, dura, como siente quien
tiene en el corazón lo mismo que en la cabeza… y en las manos la fuerza del
amor. También un punto de locura, y altas dosis de rebeldía.
Vicky es alocada, inteligente,
despeinada, inconformista, algo payasa y entusiasta. Llora, ríe, vomita y
escupe fuego. Va de cara, y se la rompen en ocasiones por ello. No anda, trastabilla
de continuo en un avance intermitente pero enorme, con la facultad de atraer
tras ella, tras sus pasos, a gente que sin saberlo, la necesita, y por ella anda de seguido.
Si, hablo de ella. De Vicky.
Hablo de la protagonista de su vida, hecha letras maravillosas en una amalgama
algo desconcertante, y aglutinadas en un ligero pero intenso libro. Por tanto,
hablo del libro. Un gran libro cargado de humanidad y respeto por las tradiciones,
sin dejar de lado las críticas directas hacia ambas.
Si lo he de resumir en pocas
palabras, diría: compromiso, humildad, sensibilidad, humanismo, crítica
constructiva, realidad, esperanza.
Merece la pena leerlo, sin duda.
«Desde una lejana estantería de
una repletísima librería vieja, sentí la llamada silenciosa de un libro, como
los demás. Como con otros, lo agarré, lo olí, leí la última frase, y sin
dudarlo, lo compré.
Poco más tarde me encontraba
disfrutando de los primeros rayos del perezoso Sol y una jarra de cerveza, mientras
leía el comienzo. Sería que la «vida en una carpeta”» que abrió Vicky (así emprende
la aventura) me pareció tan bella, que no me resistí a buscar a la autora para
hablar con ella, quien ante mi sorpresa, contestó. Hablamos.
Con esas primeras palabras, y sin
que ella se enterase, comencé a establecer un vínculo secreto en el que sólo
estoy yo. No sé dónde me llevará, pero comienzo un círculo, y este libro,
Victoria, y su vida, son el comienzo. Probablemente jamás se cierre, pero el
hecho de abrirlo, ya es una “Victoria” y un reto».
Toño Diez .
domingo, 11 de octubre de 2015
Aquí vivo
Aquí
vivo
Yo vivo en
un mundo enorme y oscuro.
Donde los
ecos se pierden en la inmensidad del espacio,
y yo,
pequeño, me escondo por miedo a romperlo,
por miedo a
dañarlo.
Mi mundo
está libre de ruidos extraños,
no tiene
salidas y grandes abismos arriesgan el paso,
creando
temblores y espasmos,
a quien ose
pisarlo.
Mi mundo es tan grande que abarca una vida.
Contiene mares y puertos, nubes y lagos.
todos con forma de gota,
gotas que crean mis charcos.
Mi mundo se cubre de lodo cuando alguien lo mira.
Entonces yo lo recojo y lo encierro en mis manos.
Me meto con él en mi mente, y sueño morir al son de la música,
paciente en camilla mecido en foráneos brazos.
Carente de vida, paso del tiempo que tiene vereda marcada,
rotundos relámpagos y miles de estelas… que marcan camino.
Fatuos fuegos. Vanidosos ardores.
Amores perdidos donde nunca los hubo.
Mi mundo es mi mundo, y yo soy por él.
Sin él siempre muero, con él nunca vivo.
Texto y foto: Toño Diez.
lunes, 9 de febrero de 2015
Subastado el interior de nuestra piel
Subastado el interior de nuestra piel
Vale, venga. Ya está. Ya ha pasado.
Ya volvemos a ser los y las de
siempre; personas sin espíritu, grises cuerpos deseando que llegue la noche y
poder descansar de un trabajo que nos ha de llevar a la subsistencia corporal,
para alimentarnos de los sueños que hace un mes eran deseos regados con cava,
esperanzas anuales por ser personas; gente inmune a asteriscos que aparezcan en
nuestro camino en forma de recordatorios de que existe un mundo allí, un poco
más a lejos de nuestra piel, y que merece la pena vivirlo, personal que al
hablar resuena como ecos indecentes en un baúl que una vez contuvo vida,
expresión, arte… vida, y que ahora, vacío en mentiras y autocomplacencias,
cerramos por si acaso se nos ocurriese mirar dentro y nos enterásemos de que
está vacío, que lo vaciamos cada enero, cada verano, cada vez que tenemos
nuestra dosis y alguien determina que es suficiente.
Ya ha acabado, una vez más, la cuota
establecida de sensibilidad, de esa libertad que nos otorga el mecenazgo que
nos sostiene, y que muchas y muchos desperdiciamos en contentar a quien nos
importa un bledo; en sonreír para tapar nuestro hartazgo, con una careta falsa;
en cantar por no llorar en las esquinas, abrazados a quien hemos engañado…
Ya ha acabado, no es necesario seguir
con la pantomima. Ahora podemos continuar, contentos por haber pasado un nuevo
año, y con esperanzas de que este sea mejor. Esperanzas que se nos olvidan en
cuanto son violadas por el día a día y por las caras que reflejan precisamente
tal violación. Violadas con nuestra propia presencia.
Son violadas y no exigimos reemplazo
ni pedimos justicia, sino que dejamos que nos las sigan violando cada día, con
la única esperpéntica aspiración de que un día, no muy lejano, nos otorguen un
pequeño periodo en el que dejarán de hacerlo: el próximo fin de semana, la
semana santa, las vacaciones de verano… Pero, aunque lo sentimos, no nos
queremos dar cuenta de que el domingo vuelven a violar nuestros sueños, nuestra
libertad, nuestros deseos.
Y así día tras día, año tras año.
Y ahora vengo yo. A recordar a todo
el mundo sus miserias. A levantar por enésima vez la alfombra de las vergüenzas
que todos, más que esconder, atesoramos celosos de que alguien pueda venir a usurpárnoslas,
y con ello hacernos supurar un poco de coherencia.
Y eso es lo que pretendo al asegurar
que ya no somos personas. Que somos la escoria que alguien se encargó de
fabricar con unas cajas de cartón, un poco de leña y un trozo de nuestro corazón.
Después, una vez tostado, envasó todo con papel de rancia escuela, al que llamó
educación, y lo mandó a producir muchos como nosotras, a muchas como nosotros.
Y aquí estamos. Dándoles las gracias
por lo que hicieron y creando más. Más como nosotros, para servirles a ellos.
Los creadores.
¿Y ahora qué? Pues nada. Ahora
absolutamente nada. A seguir con el simulacro de pensamiento, la entelequia del
sueño programado, la ficción de tener un futuro que suponga una muerte en paz
con nosotras y nosotros mismos, a dejar, día tras día, un camino pisado y
embarrado que una vez significó nuestra esencia. Y a esperar la muerte.
Nadie nos dijo que esto tuviese que
funcionar, pero sí que nos engañaron vendiéndonos la moto de que podríamos
imaginar que alguna vez llegaríamos a ser adultos, y con ello a poder decidir
sobre nosotros mismos y nuestras aspiraciones ¡Nos dejaron soñar tanto…!
Y lo cierto es que aun nos siguen
dejando. Cada fin de semana, cada puente festivo… cada navidad… pensamos y
anhelamos que cuando acabe todo sea diferente, que podamos seguir sintiéndonos
libres de poder disfrutar. Ansiamos no tener que rendir cuentas a terceros, ni
prostituir nuestra vida para otros, ni la de nuestra familia, hijos que no
vemos porque los tenemos alquilados al sistema, compañeras/os de vida de los
que no disfrutamos porque también a ellos los han privatizado. Amor, sexo,
amistades… todo lo se lo han quedado. Es nuestro, pero nos lo han robado. Y nos
los prestan de vez en cuando, a cambio de nuestra vida. Y las de ellos.
Se ha acabado la navidad. Nos han
soltado un rato por sus prados, y hemos pastado la hierba que nos han vendido.
Ahora toca regresar y continuar amamantando la bestia que nos comerá,
fornicando con quien solo nos quiere violar. Y sin duda lo harán hasta que
exhaustos caigamos de bruces, sangrando por la entrepierna y suplicando que
paren, que ya somos viejos y que no podemos dar más. Y pasará que nos dejarán
en paz, y nos olvidarán. Y eso será peor.
Queridas, queridos, sabemos que es la
verdad.
No es mucho lo que se puede hacer, es
cierto, sobre todo porque en este juego no tenemos cartas, solo existen las de
ellos y no las podemos ver, pero eso nos da ventaja. Primero porque no
necesitamos pensar con que palo salir, y segundo porque no se lo esperan.
Vivamos, esa es la palabra. Confiemos
en nuestras propias posibilidades para hacerlo. Obliguémonos a sonreír a las
desconocidas que nos cruzamos por la calle sin necesidad de mirarles los pechos,
digamos buenos días al entrar en un bar lleno de gente sin esperar respuesta;
abracemos siempre que nos sea posible, a cualquiera, creámonos capaces de hacer
felices a otras personas, de besar, llorar y aprovechar cada segundo de nuestra
vida para sentir; olvidémonos de ser rentables, productivos o de tener miedo a
perder el tiempo por mirar un segundo mas el cielo, las nubes, las estrellas…
¿Os habéis fijado que también nos han robado las estrellas? Mirad al cielo, ya
no están. Jamás neguemos afecto, exijamos estar con los nuestros por encima de
cuadrar los números de una empresa que ni siquiera es la nuestra, aun a riesgo
de ser despedido, pues si de hambre se acaba muriendo, sin afecto se muere en
vida.
Quizá una lista escrita con sonrisas,
con momentos íntimos, con sabores a nuevo, y olores de antaño; con besos,
fiestas y abrazos, suponga el reto de volver a ser nosotros mismos, nosotras
mismas. La diferencia entre existir o ser fabricados. Quizá no sirva para nada,
pero jamás será tan inútil como acabar la colección de insectos disecados; o
pretender rebajar lo que nos sobra en un gimnasio que odiamos; o aprender
inglés gastando los recursos que nos permitirían viajar, si tuviésemos tiempo…
Tenemos que escalar los oscuros muros
de este absurdo agujero en el que hemos caído. Tenemos que iluminar un día con
el sol que nos han tapado. Tenemos que abrazarnos y tocarnos, y recordar que un
día, hace no demasiado, fuimos seres humanos.
Texto: Toño Diez
Articulo aparecido en el nº5 de la revista literaria Dissiden Tales.
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lunes, 27 de octubre de 2014
Ella nunca llora de pena
Ella nunca llora de pena
Ella nunca
llora de pena.
Que sus
lágrimas no desperdicia en momentos que no recupera,
ni las vierte en amores perdidos ni en sueños baldíos de gente que no le
interesa.
Y no habla
si no la preguntan.
Que responde
cuando ella quiere y escupe si quiere afiladas palabras,
como si
quien la escucha fuese el suelo y su boca atractivas pisadas,
que los charcos jamás desagravia.
Ella es
bella, todo el mundo lo sabe.
Y se cree la
mejor de entre el fango sin dar validez a falacias vacías,
o mentiras
piadosas que buscan morder en el ego intentando vender lo barato,
que es
convencerla de ser la mejor por satisfacer lo exterior,
sin dar
importancia a lo que vale y lo que interesa.
Y ella lo sabe.
Es bella y
silenciosa. Que solo grita si folla, y si no,
llora y
patalea en las esquinas buscando las presas que arranquen de ella lo que
precisa.
Que es
valiente y no quiere gente que diga y que diga lo que quieren que diga,
y no le
importa que piensen mentiras o disimulen ficciones,
pero a su
lado no quiere mamones.
Es deseo,
vicio y gula.
Y son sus
babas las de una loca que suelta improperios sirviendo verdades,
y eso a nadie le gusta.
Es ella sola
y complemento,
y si te mira
no es por conocerte que su talento reside en la vida y ya no pregunta,
desnuda por dentro.
Le gusta llamarse
“La zorra”.
Y lo hace a
golpes con la boca llena de sangre,
manchando
sus dedos del rojo que tiene en el vientre,
marcando con
ellos el alma de quien osa mirarla de frente,
por inconsciente.
Araña y ruge
cuando fornica.
Que no ama y
son sus caricias como zarpazos de gata y aúlla a la luna
mientras
disfruta silbando como una cobra,
una canción
de cuna.
Asalta a la
presa, que no tiene amores,
y ronronea
atontando la mente que espera el momento de ser masticada,
y la devora.
Viaja siempre desnuda.
Revestimiento
que deja en duda por no ser piel lo que muda,
si no
girones de seda fina que hiela el día
y que en la
noche reluce a la luz de la luna.
Seda que son
amores en trozos y lágrimas de quien la espera,
por cruzarse
con ella y mirando un rubí en la noche no ve que la hierba fresca,
solo es la cortesía.
No conoce avaricia.
Todo lo
quiere y todo lo tiene pero a su lado nada perdura.
Que todo en
su vida es para un rato,
y nada se
enquista en su tiempo, que es solo suyo,
y si no huye
al momento es su problema,
que ella
pronto se olvida.
Sufre con
ella el tiempo, nada en ella la vida.
Domina.
Y gusta de
rozar con el pecho el suelo cuando toma deseo y escupe fuego,
congelando
el aire y el viento y empujando con ello al hambriento.
Copula y
enfrenta embistiendo pues ella recibe y entrega,
que nadie la
toma, que ella es su dueña.
Y tú eres de ella.
Tres veces
se arrancó las venas.
Y en ninguna
su sangre sació su capricho.
Tres sorbió
sangre ajena olvidando las penas que ella causaba,
teniendo en
vela esas almas,
que cuando
otros lloran ella recorre las sendas mojadas
que en la
piel dejan lágrimas marcadas,
como
otorgando limosnas en lugar de pasiones,
dejando
morir de amor y, enfrente,
soslayando morbosidades.
Ella nunca
traiciona, que viene de frente.
Siempre
sabes cuándo te tiene, porque eternamente te tiene.
Que nada te
debe y nunca te quiere,
y si elige a
otro con la mirada, callas,
que tú como
él solo eres carnaza,
y te paga
con poder observarla, mirarla y no resultar indemne,
que ser
diana de sus antojos y de sus caprichos morada, es tu mayor anhelo.
El fin de tu esperanza.
Ella cubre
sus pechos con hojas de parra.
Y el
infinito le debe su vida porque sin ella no tiene cabida.
A nadie le
pide besos, que posee todos los del mundo,
y le pedimos
permiso a ella cuando queremos alguno,
para usarlo con ella. Y solo con ella.
Ella es ella y yo solo soy ella.
Me tiene en
su cama si quiere. Y si no me da muerte muero sin ella.
Foto y texto: Toño Diez.
Foto: Nicolás Saracchini Fotografías
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